Carta del corazón.

— Hola.

—Hola, ¿cómo te va?

— Bien, supongo — respondió dubitativo

— ¡Vaya!, no te noto muy convencido. Dime, ¿pasó algo? Sabes que me puedes decir las cosas sin ningún miedo.

El Corazón, volvió a titubear. Pero ya hace algún tiempo que quería hablar con él. El mandamás. El único e inigualable. Con el Encéfalo.

— Bueno, en realidad no. No estoy tan bien como quisiera.

— ¡Ok!, pero dime que pasa. Si no lo haces, no puedo hacer nada para solucionarlo, ¿no crees?

— Pues verás. En realidad quiero decirte muchas cosas, pero la verdad no me atrevo a decírtelo cara a cara. Tuve que reunir mucho valor para poder escribirlo. Quisiera que lo leas y que lo analices. Creo que todo lo que puse es verdad. Así que espero que no menosprecies mis palabras. — Concluyó, mientras lo miraba con una mezcla de miedo, admiración y rabia. No odio, sino rabia.

Mientras, el Encéfalo bastante sorprendido, sopesó durante un pequeño tiempo como tenía que actuar. Hasta ahora ningún otro órgano se había atrevido a reclamarle nada. Esa basura de «Sabes que me puedes decir lo que quieras», no era nada más que protocolo, pues todos los órganos estaban más que agradecidos con él por las funciones que cumple. Sin embargo ahí estaba él, el Corazón. No tenía ni idea de porque estaba molesto. Era raro que fuera él. Se lo hubiera esperado de los Pulmones, que diariamente hacen lo que pueden para eliminar los gases tóxicos del tabaco o del Hígado, que siempre estaba metabolizando alcohol en grandes cantidades. ¿Pero el Corazón? ¿Por qué? Era el mejor de los órganos. Nunca se paraba, nunca se quejaba, nunca se enojaba con nadie, nunca había dado ni una muestra de descontento. Tomó una decisión.

— Está bien, Corazón. Lo leeré, le pondré atención y lo analizaré detenidamente para poder calmar tus molestias, ¿te parece?

— Muchas gracias, espero tu respuesta.

 

Aquella carta decía lo siguiente:

«Estimado Encéfalo:

Antes de nada quisiera agradecerte lo mucho que haces por nosotros, Los Órganos. Sin ti los ojos, los oídos y la piel, podrían ver, escuchar y sentir; pero no sabrían que están viendo, escuchando o sintiendo. Sin ti, los pulmones no sabrían la intensidad de cada respiración, ni el ritmo de las mismas. Sin ti, los músculos no podrían coordinar sus movimientos. Sin ti y tus anexos, tales como: la columna vertebral, los pares craneales y los nervios periféricos; los cuáles forman parte de los sistemas nerviosos simpático y parasimpático, todo sería un embrollo.

No obstante, yo, El Corazón, también soy importante. Es más, creo que soy más importante que tú, pues yo no dependo de ti —tengo mi propio marcapasos—, pero tú sí de mí. Aunque creo que nadie se ha dado cuenta.

Si yo llegase a parar de latir, ¿acaso no estaríamos todos en problemas? Sin embargo, nunca lo he hecho.  Para poder proveer a todos de sangre lato más deprisa cuando es necesario. Y sinceramente no me molesta hacer este trabajo extra.

Sabes, nadie me dijo que tendría que trabajar mano a mano contigo. No me parecía una mala idea, antes hacíamos un buen equipo. No me importaba saltar, cuando estabas alegre, cuando te sentías ilusionado, cuando eras feliz. Pero desde hace algunos años no haces más que joderme. Dicen que el corazón no duele por amor. ¡Pues yo me duelo! Y es por tu culpa. Tú eres el que te encariñas con personas y te enamoras, pero yo soy el que la pasa mal. A ver, ¿quién te ha dicho que debes activar todos esos neurotransmisores, sistema nervioso simpático, parasimpático y esas mierdas cuando te sientes mal?  ¿Quién te ha dicho que yo tengo latir más rápido cuando discutes con tus padres? ¿Quién te ha dicho que yo debo sentirme oprimido porque te sientes solo? ¡Oh! Y cuando piensas en ella. El día en el que se te ocurre acordarte de ella, de su pelo, de su mirada, de su olor, de sus besos, es para que yo sienta que me rompo, aunque sé que mis fibras musculares están bien. Todo eso es culpa tuya y no te importa, lo cual es peor.

Entonces, me gustaría que dejes de ser tan pendejo y te comportes como un adulto. Tú te encariñas, tú te enamoras, tú la cagas, tú sufres. No me arrastres contigo, porque no me lo merezco.

Atentamente:

El Corazón.»

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