El vaso.

El vaso cerró los ojos. Se había llenado hace rato, y hace ya algún tiempo que estaba rebosando. Fueron muchas gotas, muchas horas rotas y absortas dentro de notas que su piel rozan. Muchas cosas bobas y tontas. Muchas cosas dolorosas, mucha poca ropa y muchas bocas. Muchas eran pequeñas, otras eran excesivamente grandes. Las primeras, cuando niño. Las siguientes como adolescente. De adulto ni siente haberse convertido en un ente ausente durante aquel goteo perenne. El vaso se llenó ya muchas veces y ya muchas veces se alargó. Aumentó su capacidad ya muchas veces. Le dijeron que así es como se crece. «Mantente en la lucha, nunca lo dejes», mientras en ese tejemaneje, la conciencia se torna oscura, pierdes la fe y te vuelves hereje.  Entonces abrió los ojos y decidió que quizá no era tiempo, quizá solo un descanso. Un momento de tranquilidad, hundirse en las gotas y descansar en un remanso.

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