Un fin de semana más.

Este es un fragmento de un proyecto más grande. Una especie de episodio piloto. Espero lo disfrutes.

Aquella mañana, Manuel abrió los ojos: luz, dolor de cabeza. Cerró los ojos: oscuridad, calma. Volvió a abrir los ojos, poco a poco, lentamente. Primero un ojo, despacio. Permitiendo que el esfínter de su pupila juegue al azar hasta regular correctamente su diámetro, controlando la cantidad de luz que entra como si de una persiana se tratase. Luego mismo procedimiento, distinto ojo.

Manuel sintió una respiración a su lado, suave y acompasada. No le sorprendió en lo más mínimo. Sabía de quién se trataba. Era Daniela, la compañera de trabajo que llevaba ya unas dos semanas camelándose, y que milagrosamente, cuando ya estaba a punto de tirar la toalla y perder la esperanza de que algún momento quisiera salir con él, aceptó por fin acompañarlo a una fiesta.

Manuel decidió sentarse y mirar hacia la ventana, más grande que el común denominador. Esta era la culpable de dejar pasar todo el fulgor de la luz solar, que anteriormente había amenazado con derretir las corneas de Manuel y peor aún, no dejó que este pudiera descansar correctamente y se recuperara de la resaca. «Un día de estos, voy a poner una maldita cortina», pensó. Por supuesto, este solo era un pensamiento turista, de esos que llegan y se van, pero nunca se cumplen. Ya se lo había repetido él mismo un montón de veces, pero al final no se animaba porque aunque le parecía una molestia para su descanso el hecho de que la luz entre a borbotones por la ventana y le pegara en pleno rostro, prefería despertarse por la luz natural antes que por la alarma del celular, que a criterio de Manuel, no era más que una cacofonía selectamente escogida para hacerle la vida imposible a cualquiera que quisiera tener un despertar medianamente humano.

La fiesta fue semiformal, lo que para Manuel significó como algo salido de un manual, el combinar una chaqueta blazer, una camisa, un pantalón Jean y unas sneakers. Para él, no existía otra configuración posible. Llevó a Daniela a aquella fiesta porque pensó que era su onda. En su apariencia y en sus actitudes ella transmitía aquel aire de niña «millenial», que acaba de cumplir hace poco tiempo los 20 y que era la menor de una familia acomodada económicamente, que se había encargado de que el mayor golpe que le hubiera dado la vida fuera descubrir que Papa Noel no existe. Casi le producía gracia el imaginársela presentándose a ella misma: «Hola, mi nombre es Daniela Barrios. Creo ser única y diferente. Mi banda favorita es “ArcticMonkeys”, aunque solo conozco «Do I wanna know?». Amo leer, a pesar de que el único libro que haya leído en mi vida haya sido “Bajo la misma estrella” y la base de mi autoaceptación se sustenta en las interacciones que recibo en las redes sociales, donde mis amistades y yo competimos por el premio de quién pone la frase filosófica más profunda, acompañada de la imagen más provocativa de nuestros cuerpos.».

Pero esta era solo una idea que se había hecho Manuel, producto de su insano hábito de juzgar a las personas mucho antes de conocerlas. Por lo ajetreados que eran sus puestos de trabajo no habían tenido mucho tiempo para charlar en profundidad cara a cara, mientras que por redes sociales solo tenían conversaciones triviales que se podían resumir en: criticar a uno de sus jefes, mandarse «memes» y Manuel insistiendo a Daniela para salir a tomarse un café. En realidad, si le preguntásemos a Manuel, ni el sabría decirnos que fue lo que le llevó a tener sobre aquella chica esa impresión. Quizá era por su pelo con californianas rainbowstyle, diligentemente acomodadas en una elocuente coleta japonesa, que a su vez chocaba con sus lentes de pasta gruesa y luna grande, que más que darle una apariencia de niña estudiosa y dedicada (al menos eso parecía que intentaban), lo que conseguían era darle un aire de secretaria cachonda, de esas que son protagonistas en las escenas pornográficas sobre oficinistas. También podían ser sus tatuajes, que contrastaban de una forma casi hilarante. Una de sus muñecas estaba coloreada con la figura de una hoja de marihuana, mientras que un ocho acostado (símbolo de infinito, para el que le interese saberlo) adornaba la muñeca contralateral. A lo mejor era su nariz operada, en la que la curvatura de su punta rozaba el límite entre una nariz perfecta y aquellas narices que parecen la punta de unos zapatos de pato, o su forma de vestir, con la típica camisa a rayas celeste y blanca por dentro de los típicos colombianos levantacolas y las «Adidas original», en su versión rosa dorado. La verdad, «no sabía que fue». El caso es que se lo transmitió.

Sin embargo, nunca pudo haber estado más equivocado. Daniela tenía 26 años, un año menos que él. Sus padres habían muerto cuando ella tenía 12 años. Le gustaba el rock clásico y el hip hop. Hace 1 año se había graduado de economista, y gracias a la palanca que le dio el marido de su tía, consiguió colarse en el departamento estadístico del hospital donde Manuel ejercía el oficio de médico. Aspiraba a reunir dinero para pagarse su propia maestría (sus abuelos le habían ayudado con la licenciatura), su doctorado y lo último que quería en esta vida era casarse. También le gusta el arte, pero lamentablemente no pudo estudiar artes plásticas porque sus abuelos no la habían apoyado. El tatuaje de la hoja de la marihuana se lo había hecho hace unos 10 años, en un acto de rebeldía contra sus abuelos. Esto seguramente, o eso dice ella, fue producto de la depresión, el que aún no era capaz de aceptar la muerte de sus padres y los cambios hormonales típicos de las adolescentes, lo cual, en conjunto, lograron hacer de Daniela una bomba de relojería andante. Al menos durante su adolescencia.  El tatuaje del ocho acostado había sido otro impulso cuasi adolescente, pues a los pocos meses de haber iniciado el primer ciclo de su carrera en la “Universidad Técnica Particular de Loja”, había terminado con su amor de colegio y de por ese entonces «el amor de su vida»: Fernando, hombre de sus sueños con el cual alguna vez fantaseó casarse. Auque se le acabó el sueño cuando se enteró que Fernando le había estado siendo infiel y esperaba un hijo de una chica que era compañera de ambos y curiosamente pertenecía al grupo de «mejores amigas de Daniela». El tatuaje había sido su forma de representar su trascendencia de una relación tóxica. Su forma de «cerrar ciclos». Había ido acompañado de un cambio de look radical: tinción del pelo de un color rubio plateado con mechones negros y la nariz de pato, acompañados por un corto período de una corriente pseudogótica. Es bebedora y fumadora social. También es consumidora social de marihuana. Y aunque ha probado una lista considerable de drogas, dice que no es su rollo, ya que, según sus propias palabras: «para permitirse el lujo de ser adicto, hay que tener tiempo y dinero, y la verdad, últimamente es lo que más me escasea». Se enteró de todo esto en aquella aburrida fiesta a la que fueron.

Manuel recordaba todo esto mientras se duchaba. Al terminar, fue a su cuarto a cambiarse, y allí encontró a Daniela sentada al filo de la cama, mirando hacia la puerta de la habitación:

– En serio, necesitas unas cortinas – dijo mientras sonreía y observaba a Manuel, que estaba envuelto en toalla y con el torso semihúmedo.

– Lo siento – es lo único que alcanzó a maquinar la mente de Manuel, que aun después de la ducha seguía embotada por los excesos y las pocas horas de sueño de la noche anterior.

Daniela sonrió de nuevo y se dirigió hacía Manuel:

– Ven, te voy a ayudar a secar – dijo mientras desenvolvía a Manuel de su toalla y tiraba de él en dirección a la cama.

Manuel se sentó y en efecto, en un principio le ayudaron a secar su pelo y su espalda, pero mientras más se iba ella dirigiendo a la parte baja del torso, hablaba con un tono de voz con sensualidad creciente, similar al ronroneo de un gato, al mismo tiempo que su sonrisa se iba haciendo más grande. No era cualquier sonrisa, de esas que le concedes a alguien por haber contado un chiste malo. Era más bien la sonrisa que pondría un felino salvaje al saber atrapada a su presa.

– No queremos que se resfríe verdad – murmuraba Daniela mientras con la toalla secaba la entrepierna de Manuel. Después dejó la toalla a un lado y agarró el miembro de Manuel con delicada rudeza, mientras seguía repitiendo – Si lo dejas al aire libre se puede resfriar, busquémosle un lugar caliente.

Daniela pasó de usar su mano a usar su boca. Cuando sintió que el flujo sanguíneo de Manuel se había redirigido lo suficiente hacia su entrepierna como para producir una erección de las buenas, ella mismo se subió encima de Manuel y lo cabalgó con la misma destreza que una amazona cabalgaría un caballo. Esa mañana tuvieron uno, dos, tres rounds. Se fueron a duchar juntos y se volvieron a acostar a dormir. 

A mitad de la fiesta, Daniela fue la que le dijo a Manuel que quería ira otro sitio. Aunque Manuel se sentía agradecido, decidió finjir sorpresa y preguntar cortésmente el porqué. Daniela se estaba aburriendo mucho, las personas de aquella fiesta no le parecían interesante. Así que ambos resolvieron ir a un bar llamado “El viejo Minero”. Allí las jarras de cerveza dejaban una ligera estela de su efímera existencia sobre la mesa , pues ni bien eran servidas, eran vaciadas y reemplazadas por otras, cuyo tiempo de vida útil era igual o menor al de la jarra anterior. Otro punto a favor de Daniela fue que a pesar de todo lo delicada, educada y glamourosa que aparentaba ser, su garganta parecía la de un albañil en día de fundición de losa, ya que cada vez que levantaba el vaso era para dejarlo completamente seco. El bar cerraba temprano, aproximadamente a la 1:30 a.m, pero para suerte de ambos, los amigos de Manuel se encontraban en una fiesta por detrás del Parque Infantil. Manuel conocía al dueño de la fiesta, habían sido compañeros en el por aquel entonces Colegio Militar N° 5 “Teniente-Coronel Lauro Guerrero”. Ahora su antiguo compañero estudiaba administración de empresas a distancia y por sacarse unos algunos cuartos extra, vendía cocaína y pasta base en sus ratos libres. Manuel no consumía ninguna de aquellas drogas, siempre había creído que desde que las pruebas entras en el infierno. Sin embargo, de vez en cuando su amigo conseguía LSD o éxtasis, las cuáles sí eran drogas del agrado de Manuel y pillaba un par de dosis de vez en cuando.

Ambos se despertaron a las 6 p.m. Famélicos de comida y sexo, y, aunque por la hora y por el trabajo mañanero necesitaban más comida que sexo, decidieron satisfacer lo segundo antes que lo primero. Para su suerte Manuel tenía libre hasta el lunes, al igual que Daniela, así que no tenían porque preocuparse por el trabajo, por lo que decidieron desperdiciar el resto del fin de semana juntos. Habían congeniado mejor de lo que ambos esperaban. El plan era ir al departamento de Daniela para que ella pudiera ver algunos útiles de aseo, un poco de ropa y un par de cosas más. Regresar a casa de Manuel y pasar el resto del sábado y todo el domingo comiendo, viendo películas, bebiendo cerveza, fumando porros y cogiendo.

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