Un fin de semana más (2).

La primera parte de esta historia la puedes leer en:

https://noespoesiablog.wordpress.com/2018/12/10/un-fin-de-semana-mas/


La calle era oscura. Una triste farola intentaba dar lumbre a los despistados transeúntes que tuvieran el valor de aventurarse por aquel sendero de asfalto. Sin embargo, por más que lo intentara, parecía que la vasta negrura de la noche lograba engullir cualquier atisbo de claridad que ayudara a Manuel a dilucidar dónde se encontraba exactamente. Aquella calle le resultaba conocida y desconocida al mismo tiempo. Calculaba que se encontraba cerca del parque Bolívar. Apróximadamente por la esquina entre las calles Colón y Sucre, a un par de cuadras del Hospital Militar. Lo único que le ayudaba a orientarse, eran dos características columnas aisladas de piedra, que se enfrentaban a la entrada de una cooperativa financiera. Todo parecía igual, eran los elementos faltantes en la vía los que habían conseguido desorientar a Manuel.
En primer lugar, y lo más llamativo, era la ausencia de las aceras. <<¿Desde cuando no hay aceras en la calle Colón?>>. Se preguntaba, con perpleja ingenuidad. Los edificios también habían cambiado. Eran más altos de lo que recordaba. Las columnas de piedra se enfrentaban a un paredón que había sustituido las otrora puertas de cristal de aquella institución. No existían puertas, portónes, ventanas o portales interdimensionales que indicaran que hubiera cualquier tipo de acceso a aquellos mastodontes de hormigón. Lisos, desde sus cimientos hasta su cúspide.
Manuel no estaba asustado, pero su intuición le indicaba que tenía que salir de aquella calle cuanto antes. Comenzó a correr en dirección al parque Bolívar, pero cuando este estuvo por fin en su campo de visión, todo volvió a oscurecerse y reapareció en la esquina de las columnas de piedra. Intentó llegar al parque varias veces más. Su corazón palpitaba desbocado dentro de su caja torácica, sus manos seguían sudadas, una gota de sudor frío recorría su espalda y la angustia por lograr irse de allí le estaba haciendo perder los nervios. Corrió de nuevo. Corrió y volvió a correr. Corrió hacia delante, a la esquina del parque Bolívar. Corrió hacia atrás, a la esquina entre las calles Bolívar y Colón. Corrió a la izquierda, corrió a la derecha, corrió en círculos. Siguió corriendo y siguió reapareciendo en la esquina de las columnas de piedra.
El agotamiento era tal, que sus piernas ya no querían responder. Hace tiempo que habían empezado a protestar, manifestándose contra el excesivo esfuerzo en forma de calambres en las pantorrillas. Le quemaba el pecho en cada bocanada de aire. Las gotas de sudor salían a borbotones por sus poros. La boca estaba seca, sin saliva. Estaba hecho polvo. No podía más. Habían pasado horas y aun seguía en el mismo lugar. Decidió sentarse. En el momento que sus glúteos tocaron el suelo, sintió de repente un peso extra en su bolsillo trasero. Un peso que antes no estaba. Metío su mano en el bolsillo y saco un arma. Una pistola. Estaba cargada y por el olor, había sido disparada recientemente. Sorió. <<Ahora entiendo todo>>. Puso el arma en su sien, tiro del gatillo y en una milésima de segundo, el proyectil atravesó el cráneo de Manuel, dejando que la sangre formara una nebulosa roja en el aire y luego una figura de arte abstracto, teniendo al asfalto como lienzo.


Ese era el sueño que Manuel había tenido durante los últimos meses. Se había repetido tanto, que ya hasta se lo sabía de memoria y, a pesar de que llevaba algún tiempo de terapia con su psicóloga, decidió guardárselo para sí mismo, hasta que este se hizo tan frecuente que tuvo que contárselo.

-Entonces, ¿qué pasó? – Preguntó la psicóloga con aquel tono serio y parsimonioso que era casi patognomónico de los trabajadores de la salud mental.

-Entonces se acaba el sueño, Doc., siempre acaba ahí. – Dijo, mientras se frotaba las palmas de las manos contra la tela de su pantalón. – Siempre acaba en lo mismo, ¡siempre! No hay variaciones. Es el mismo sueño una y otra y otra vez. – Las lágrimas acechaban a través de sus ojos. – Estoy harto. – Expresó con un hilo de voz temblorosa.

-¿Y tú qué crees que puede significar?- Cuestinó nuevamente la Doc.

-¡No lo sé! ¡Hable serio, Doc!, Si le pregunto a usted es precisamente para que me diga lo que significa. – Replicó, con cierta rabia y frustración.

A veces le parecía estúpido lo que estaba haciendo.Se sentaba todas las semanas durante una hora frente aquella mujer y hasta la fecha, no había logrado resolver ninguna de las cuestiones por las que decidió asistir a su consulta. Y no sólo no había logrado resolver nada, sino que además, la especialista le hacía más preguntas, cuyas respuestas quedaban en el aire, ya que Manuel no sabía responder y la Doc, no quería hacerlo.

-Lo que significa para mí, puede no ser lo que signifique para ti. – Continuaba con su inalterable tono de voz. – Sin embargo, si quieres te lo puedo decir…

-Dígamelo Doc. Porque yo ya no sé ni que pensar.

-Está bien. Me aventuraré a hacer una interpretación de tu sueño. Creo que estás atrapado. Te sientes culpable por la muerte de Daniela – levantó una ceja – y piensas que lo único con lo que se lo puedes pagar es acabando con tu propia vida.

-No Doc. Nada que ver – respondió Manuel, con una voz pletórica de tedio. – Eso para mí ya es agua pasada.

-¿Estás seguro de ello? – volvía a preguntar, mientras tomaba anotaciones en su libreta.

-O sea… – dudó. -¡Claro que sí!- Acotó con seguridad- O bueno, eso creo…

<<¿De verdad lo he superado?>> Pensó. <<Ahí está otra vez. Otra vez me respondieron preguntas con preguntas.>>

Pi pi pi pi, pi pi pi pi,cantó la alarma desde el celular de la Doc. indicando que se había acabado la sesión. Al salir de la consulta, Manuel se dirigió a la avenida Universitaria para coger el autobús que lo llevaría a su casa. Espero casi por quince minutos hasta que llegó el transporte y tardo otros 10 minutos en llegar a su parada. Llegó a la puerta de su vivienda, insertó la llave en la ranura, abrió la puerta, ingresó, se dirigió a la cocina, buscó en el botiquín donde solía guardar los medicamentos y se tomó 2 alprazolam de golpe. Fue a la cama, se acostó y, entonces y solo entonces, se atrevió a fórmular en voz alta la pregunta que le había estado rondando la cabeza durante todo el camino de vuelta:

-¿Aún me siento culpable?

<<Claro que te sientes culpable!, tú tuviste la culpa>>. Se dijo a sí mismo. <<Tú fuiste el culpable de todo. Ella murió por tu culpa, deja de intentar zafarte de tu responsabilidad. ¡Te odio! ¡Te odio! ¡Te odio!>>. Fue lo útimo que recuerda haber pensado, antes de que las pastillas hicieran efecto y noquearan a Manuel, desde las 7 p.m. hasta la mañana siguiente, cuando tenía que ir a trabajar, a pesar de ser sábado.

Las pastillas se las había recetado su psiquiatra, ya que después de que Daniela muriera, hace 2 años, Manuel había sufrido durante un largo tiempo una fuerte depresión, la cual no se había hecho tratar, hasta que hace aproximadamente medio año, había empezado a sufrir varias crisis de ansiedad.

La primera vez que sufrió una crisis, se encontraba en su casa y estaba viendo la televisión. Su corazón empezó a latir muy veloz, su cara se puso roja, empezó a hiperventilar, sudaba a chorros y tenía ganas de vómitar. Todo fue tan súbito que no entendía bien que ocurría. Pensó que iba a morir. Fue a su habitación a buscar su celular para llamar a emergencias y… de repente desperto en el piso, con un fuerte dolor en la cabeza producto del golpe que recibió al impactar contra el suelo, después de haber perdido la conciencia.

Fue al hospital, quería aprovechar que uno de sus amigos era el que estaba de guardia en el servicio de emergencias para que le hiciera un chequeo completo. No encontraron otra explicación que una crisis de ansiedad. Al principio, Manuel no le dio importancia. Incluso dudó del diagnóstico. Hasta que se empezaron a volver más frecuentes y tuvo tan mala suerte de sufrir una crisis en medio de una guardia. Fue entonces cuando decidió consultar a la psiquiatra y esta misma, le recomendó hacerse atender también por la psicóloga.

Pasó todo el sábado de guardia. Para su bien, estuvo tan ocupado y fue tal la afluencia de pacientes ese día, que no tuvo tiempo de preocuparse o pensar en todas aquellas interrogantes que estaban minando su cordura, y el domingo se encontraba tan cansado, física y mentalmente, que cuando llego a casa durmió sin interrupciones. Sin sueños. O al menos que el recordara.


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